Las décadas han pasado por las manos de Camila García, un monumento a la grandeza de la gente de El Salvador. Originaria del cantón El Rodeo (jurisdicción de San Bartolomé Perulapía) es heredera de una técnica artesanal que sobrevive al paso del tiempo: el tejido de petates.

Son frescos -una alternativa para recostarse en el suelo o en un jardín- y también pueden ser elementos decorativos, como cuando se colocan en las paredes o forrando el cielo falso de las casas.

Los petates son una maravilla de El Salvador… ¿quién no ha tenido alguno? Pero, elaborarlos puede encerrar historias de vida, de vicisitudes y empeño, de humildad y valentía: Eso es doña Camila, se ve en sus ojos y en las expresiones de su rostro: huellas del tiempo que ha pasado por su vida.

Sentadita a la orilla de una calle de San Bartolomé Perulapía y dando una muestra de la destreza de sus manos durante el Festival para el Buen Vivir, doña Camila García era fotografiada por personas que se sorprendían de su silencio, de sus manitas morenas trabajando… estaba haciendo un petate.

Es originaria del cantón El Rodeo, que antes floreaba en tule, la materia de prima de este producto artesanal salvadoreño.

Cuenta que vive con su único hijo, quien trabaja en una institución del Gobierno y es el responsable de proveerla ahora que ha llegado a sus 76 años.

Leer y escribir le cuesta un poco, aunque hace un tiempo estuvo aprendiendo en los círculos de alfabetización del Ministerio de Educación, como parte de la apuesta del Presidente Salvador Sánchez Cerén de declarar al país libre de analfabetismo antes de 2019.

Calladita, en medio de los sonidos externos propios del Festival para el Buen Vivir, movía con destreza sus virtuosos dedos… el tiempo, la práctica y la necesidad hace al maestro.

“Siempre los hago”, responde escuetamente, al explicar que gana un par de dólares por cada petate, los cuales los vende en su natal El Rodeo.

“Los hago desde pequeñita, me enseñó mi mamá… solo de esto vivo”, agrega en medio del bullicio.

Entre tanto, la saluda una amiga: Rosalina de Mendoza: “Ella es Camila, hija de Lola Pérez , de las propias petateras”, afirma.

“Son pocas las que han quedado ahora, ya casi no hay personas que tejen el petate. Ella es una de las pocas que han quedado”, dice viendo con alegría a Camila, heredera de un arte que sobrevive el paso del tiempo, un producto con sello de nuestra cálida tierra.

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