«37 años después lloro cuando veo a cientos de gentes marchar en la peregrinación por su memoria».

Por Carlos Argueta*


Siempre que escucho hablar de monseñor Romero, me viene a la mente la imagen de aquel hombre que una noche de marzo de 1980 nos salvó la vida a un grupo de jóvenes rebeldes. En esa época, con 21 años, era uno de los representantes de las LP-28, en la Coordinadora Revolucionaria de Masas (CRM), que agrupaba a las organizaciones populares contra la Junta de Gobierno. Se vivía un ambiente insurreccional a la par de una represión creciente.

Un día se recibió en la CRM, a través de un emisario, una propuesta para realizar un encuentro entre dirigentes de la CRM y un grupo de militares que buscaba entendimientos. La reunión se celebraría en el hospital La Divina Providencia, en la colonia Miramonte, donde vivía y oficiaba misa monseñor Romero. El encuentro se realizaría a las 7 de la noche. Se consideró que no era prudente que asistieran los secretarios generales de las organizaciones y mandar mejor una segunda línea exploradora.

Acudimos Saul Villalta del FAPU, Humberto Mendoza del MLP, un joven dirigente del BPR, llamado Marcos, y yo. Los cuatro llegamos por medios diferentes a la hora indicada. Nos pasaron a una pequeña oficina ubicada frente a la iglesia, donde tenía su oficina y habitación monseñor Romero. Allí inició la espera y la conversa para matar la tensión del momento.

No nos parecía extraño, pues habían informaciones sobre la división en las Fuerzas Armadas. Aunque no estábamos seguros de quiénes eran los que querían hablar esa noche. A las 7:30 p.m. llegó monseñor Romero a saludarnos y pedir que esperáramos un poco, pues el mediador le había confirmado la asistencia de los militares. Él también desconocía detalles de la propuesta, la cual le había llegado por medio de un abogado llamado Luis Domínguez Parada.

–Y todavía andás aquí después de lo de la embajada, me dijo monseñor, reconociéndome. Dos meses antes yo había liderado la ocupación de la Embajada de España, exigiendo la aparición de cuatro dirigentes campesinos capturados por la Guardia Nacional en Santa Rosa de Lima. Una mañana, monseñor acudió a la Embajada a solicitud del embajador de España, Víctor Sánchez Mesa, que estaba retenido, quien deseaba pedirle que intermediara para poner fin a la ocupación y que nos convenciera de no hacer tanto ruido, pues no podía dormir y tenía los nervios hechos pedazos.

–Yo creo que ellos ya se van a retirar, le dijo monseñor, –solo quieren llamar la atención por sus compañeros desaparecidos. Y creo que después de esta reunión van a hacer menos ruido, ¿verdad? Dijo, volteándome a ver. Tenía una forma muy suave de hablar y una mirada muy tranquila.

Me sorprendió que me reconociera esa noche. A las ocho, llegó Domínguez Parada a presentarse y a pedir que esperáramos un poco más porque los militares no tardarían, pues solo esperaban mejores condiciones para hacer más discreta su llegada.

Dieron las 10 de la noche y los militares no aparecían. Entonces llegó de nuevo Domínguez Parada a decirnos que los militares tenían problemas para llegar y que nos mandaban a proponer que nos trasladáramos nosotros al cuartel San Carlos, donde nos esperaban para reunirnos.

Recuerdo que al escuchar esa nueva propuesta dudamos qué decisión tomar, –¿Vamos?, intercambiamos miradas para tomar una decisión. Comentamos que no sabíamos cómo resolver la movilización a esa hora con los numerosos retenes por la ciudad y siendo nosotros reconocibles. –Ese no es problema, dijo Domínguez Parada, ellos mandarán un vehículo militar a recogerlos.

No sé si estábamos a punto de aceptar, pues nos habían dado una misión y en esa época estábamos acostumbrados a tomar riesgos para cumplirlas. Pero intervino monseñor Romero diciéndole: –¿Cómo? ¿Dicen que no pueden venir porque temen por su seguridad, siendo militares, y quieren que ellos vayan hasta el cuartel San Carlos a esta hora de la noche? No, eso no puede ser, dijo monseñor Romero, en un tono afable. –No, no estoy de acuerdo que ellos vayan allá. Si quieren reunirse con ellos, que vengan aquí.

Monseñor Romero salió así al paso de lo que hubiera podido ser una audaz pero mortal decisión de nuestra parte. Domínguez Parada escuchó la postura y dijo que en esas condiciones lo mejor era suspender la reunión. Y se retiró.

Cuando nos quedamos solos, monseñor Romero nos pidió que no nos fuéramos esa noche, que nos quedáramos allí en su pequeña oficina, pues era muy tarde y no sabíamos qué peligros podían haber allá afuera.

–Aquí es pequeño y no hay camas, dijo, –pero por allí hay algunas colchonetas y si no les importa dormir incómodos. Nos sonreímos, tomándolo como un cumplido amable de su parte, pues él sabía de dónde veníamos: de muchas jornadas de luchas en las que dormir en el suelo era la más común de las situaciones.

A la mañana siguiente, ya con la luz del día, organizamos muy temprano una «salida escalonada», después de una taza de café que nos llevó una de las monjitas. Nunca entendimos qué pasó realmente con aquella frustrada reunión.

Pero unas dos semanas después, estando en una reunión, a eso de las seis de la tarde, comenzó a sonar por la radio con gran alarma la noticia del atentado criminal contra monseñor Romero. No lo podíamos creer. Que la derecha hubiera llegado al extremo de asesinar a un obispo. Era un aviso de los tiempos que se avecinaban. Una semana después disparaban sobre la multitud concentrada en las exequias frente a catedral.

Si tuvieron aquella magnicida osadía, cómo no la iban a tener con aquellos pobres jóvenes rebeldes, si hubiéramos aceptado realizar el viaje aquella noche. Por eso, siempre que escucho hablar de monseñor Romero, veo la figura del santo y mártir del pueblo. Pero veo también la imagen del hombre que aquella noche nos salvó la vida.

37 años después lloro cuando veo a cientos de gentes marchar en la peregrinación por su memoria.


*Carlos Argueta es director de Radar (www.radar.com.sv), medio digital especializado en seguridad ciudadana.

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