Los héroes son parte esencial de la cultura occidental. Son inolvidables las figuras heróicas legadas por la Grecia antigua: Aquiles, Héctor, Odiseo, Alejandro, Leónidas, por ejemplo. Y, desde entonces para acá, no han faltado esos individuos singulares, distintos del resto, que destacan por su bravura, arrojo, valentía y espíritu de aventura.

Luis Armando González*

Columnista AvancES


Desde ya conviene anotar que una figura heróica es una construcción simbólica que —aunque tenga asidero en actos o acciones concretas del individuo que es elevado a la categoría de héroe— va más allá de esos actos o acciones y, por supuesto, del individuo que las realiza: se convierte en un relato con vida propia, es decir, se convierte en un mito.

Cuando se examina el tema del heroísmo conviene, pues, separar la visión que se tiene de una persona como héroe y la trayectoria real de esa persona en su contexto histórico particular: mientras que de esto último son las ciencias sociales las que mejor pueden informar, del primero no hay nada como los relatos míticos sobre fiiguras heróicas de las cuales, una vez que han sido convertidas en tales, sus acciones reales, condicionamientos e incidencia histórica efectiva tienden a volverse algo secundario (y en el peor de los casos, algo irrelevante).

Quienes tienen una visión herórica de una persona no están interesados en conocer su trayectoria histórica real; ello no quiere decir, sin embargo, que aspectos de esa trayectoria no sean tomados en cuenta. Por supuesto que sí; pero son sometidos a un proceso de mitificación que convierte acciones y comportamientos normales (e incluso reprobables o bochornosos) en algo extraordinario y ajeno a las personas comunes y corrientes. Casi por regla, en un héroe sólo hay virtudes, nunca limitaciones o defectos. Y, cuando estos últimos son reconocidos por el mito heróico, lo son como algo menor, que reafirma la grandeza del héroe.

La construcción de la mitología heróica, es decir, de aquello que alimenta la visión que se tiene de los héroes, ha ido cambiando con el tiempo, aunque sin renunciar a rasgos que, desde la época griega, se convirtieron en sus signos de identidad: valentía, arrojo, espítitu de aventura, honor y búsqueda de gloria [2]. Se trata de unos  ideales clásicos que hacia el siglo XIX se enriquecieron con elementos románticos que se heredaron al siglo siguiente… y que aún no se extinguen.

El héroe moderno, construido desde el horizonte del romanticismo, añade a las virtudes clásicas, además del sacrificio en su lucha por la justicia, el don de la seducción, la mirada profunda y la capacidad para despertar emociones y pasiones incontrolables en las mujeres, que suspiran y caen rendidas no sólo ante las acciones justicieras de aquel —robar a los pobres para dar a los ricos—, sino ante sus encantos, vitalidad y dominio que ejerce sobre sí mismo [3].

No cualquiera puede ser elevado al altar de los héroes románticos. Sin acciones «extraordinarias» (que se presten a la mitificación), sin juventud y sin vitalidad el asunto se vuelve difícil. Y todo ello debe estar presente y armonizar en el mito, sin impotar cómo hayan sido o sean las cosas en la realidad.

Hay que insistir en algo: el héroe romántico es una construcción que elaboran y comparten quienes ven a una persona como tal héroe [4], no la realidad de esa persona en su contexto y sus condicionamientos. Ahora bien, es posible que quien es convertido en héroe romántico por otros haga cosas (realice acciones, asuma actitudes) encaminadas a fraguar su propio mito [5].

El mejor ejemplo de esto último es el subcomandante Marcos, la figura más visible del casi extinguido movimiento zapatista mexicano. Marcos quiso ser un héroe romántico e hizo  todo lo que estuvo a su alcance, en los mejores momentos mediáticos del zapatismo, para lograr su objetivo. No hay duda de que en cierta forma lo logró, a juzgar por la huella que ha dejado en determinados ambientes (principalmente europeos). Muchas mujeres soñaron con él —el hombre misterioso bajo el gorro pasamontañas, literato, rebelde, audaz, valiente y seductor— y algunas todavía lo hacen, pese a que en la historia de México el zapatismo y  Marcos no hayan tenido una trascendencia de alcance nacional (lo cual hacen las revoluciones), más allá del anuncio de un proyecto de inclusión indígena en el sur de México, cuyos logros, por lo que revela la literatura, no están del todo consolidados. La explicación de ello no sólo radica en la represión y la rigidez de la estructura política, económica y social mexicana, sino también en los desatinos de un liderazgo más mediático que real [6].    

No hay comparación posible entre las huellas dejadas en la historia de México por Francisco Villa y Emiliano Zapata y lo dejado por Marcos: sin aquellos es incomprensible el siglo XX mexicano… No se puede decir lo mismo de Marcos para el cierre de ese siglo ni para el inicio del siguiente para México en su conjunto. El movimiento zapatista de Marcos, por más que se quieran forzar las cosas, no tuvo la envergadura de la revolución mexicana, la cubana o la sandinista. Marcos esta lejos, visto desde su incidencia histórica real y su desempeño político-militar efectivo, de los grandes revolucionarios latinoamericanos: José Martí, Luis Emilio Recabarren, Julio Antonio Mella, Ernesto Guevara, Tomás Borges, Rafael Arce Zablah o Edén Pastora. Es imposible encontrar semejanzas entre él y Fidel Castro, Hugo Chávez o Salvador Allende.

La suya fue (y sigue siendo) una «genial impostura». Se trata de un «subcomandante» que, gracias a su habilidad para el juego de imágenes, se proyectó como algo que nunca fue en realidad, a expensas de los otros  «subcomandantes» a los que nunca se atribuyó, por ser indígenas, ninguna virtud romántica o seductora. Hizo lo que en ningún movimiento revolucionario real había sucedido antes: anular al movimiento a cambio de la promoción mítica de sí  mismo (con la ayuda de otros, intelectuales principalmente, que se doblegaron ante sus encantos y su «misterio»). Los encantos y misterio que se asociaron al mito de Marcos fueron ineficaces políticamente para el avance del movimiento zapatista (en la línea del primer zapatismo), pero valiosos para su glorificación como héroe romántico [7]. Entre tanto, quienes han merecido ese sitial (los guerrilleros que, como Lucio Cabañas, dieron su vida en la sierra de Guerrero, en los años sesenta y setenta [8]) no lo tienen. Ese es el precio a pagar cuando se fraguan mitos heróicos sin un anclaje mínimo en la realidad histórica.


[1] El autor dedica estas líneas de Rebeca González. En una de las muchas conversaciones sostenidas con ella, el tema de Marcos salió a relucir, y ello fue motivo suficiente para hilvanar estas ideas que reflejan una preocupación por mitos heróicos que no se sostienen en la realidad.   

[2] Cfr., B. Snell, El descubrimiento del espíritu. Estudios sobre la génesis del pensamiento europeo en los griegos. Barcelona, Acantilado, 2007.

[3] Cabe decir que la mitología heróica está hecha, en lo fundamental, para hombres, lo cual no excluye relatos sobre sobre heroínas extraordinarias: por ejemplo, Juana de Arco, Dolores Ibárruri, «la Pasionaria» y Tina Modotti.

[4] Los intelectuales, rapsodas, poetas, dramaturgos, músicos y novelistas han jugado un papel relavante en la creación de mitos heróicos. El cine ha hecho lo propio (como lo ilustran el doctor Zhivago, la vida de John Reed o las varias recreaciones de la biografía de Emiliano Zapata). También han jugado y juegan un papel importante los líderes religiosos y políticos. Y en el presente, publicistas, periodistas y presentadores de televisión.

[5] En realidad, es mejor decir que el héroe romántico, como hijo de la modernidad que es, es tanto construido por otros como por sí mismo. A diferencia del héroe épico del mundo antiguo, cuyo destino le era impuesto desde fuera, el héroe romantico se sabe dueño de su destino. De ahí que los individuos que aspiren a convertirse en héroes vivan sus acciones y emociones como algo heróico, con lo cual, en menor o mayor medida, son partícipes en la construcción de su propio mito.  

[6] Cfr., G. van der Haar, «El movimiento zapatista de Chiapas:  dimensiones de su lucha». http://www.iisg.nl/labouragain/documents/vanderhaar.pdf

[7] Lo cual es ciertamente trágico, pues aquel movimiento iniciado el 1 de enero de 1994 suscitó esperanzas de cambio político (y tambien económico, social y cultural) que en México se creían enterradas desde 1968.

[8] J. L. Sierra, «La guerrilla en Guerrero, hija de las luchas campesinas». https://desinformemonos.org/la-guerrilla-en-guerrero-hija-de-las-luchas-campesinas/


San Salvador, 17 de agosto de 2017


*El autor es Licenciado en Filosofía por la UCA. Maestro en Ciencias Sociales por la FLACSO, México. Docente e investigador universitario. Investigador del Centro Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades (CENICSH).

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