La dimensión del Santo Romero estoy seguro que ya contribuye y es un cohesionador social, que en la medida que sea conocido en su justa dimensión, contribuirá aún más a la unidad del pueblo que sufre por la ola de violencia que aún abate nuestra sociedad.
Eugenio Chicas / Secretario de Comunicaciones de la Presidencia

Conmemoramos el trigésimo séptimo aniversario del martirio de nuestro San Romero de América, la figura más universal de nuestra salvadoreñidad. Esta fecha es el preludio de nuestra semana mayor, periodo de obligatoria reflexión para nunca olvidar, y nunca más repetir, los motivos que nos llevaron al conflicto civil que vivimos. Su nombre es representativo de los más altos valores de justicia y fe por la construcción de una sociedad incluyente.

Los actos de cada 24 de marzo son toda una tradición que moviliza la sensibilidad de la nación entera, incluyendo a nuestros compatriotas en el exterior, así como a muchos corazones solidarios con sentido de justicia, a la comunidad católica y de congregaciones cristianas consecuentes con su lucha, defensores de la dignidad y el trato equitativo para con los más humildes y desposeídos en cualquier parte. La estatura moral y espiritual de Monseñor, bautizado por su querido y sufrido pueblo como “La voz, de los sin voz”, se alza y reivindica  la tan ansiada esperanza de su pronta canonización.

Romero fue escogido por la providencia desde la sencillez de la modesta cuna que lo vio nacer, aquel 15 de agosto de 1917 durante el apogeo de la cruenta Primera Guerra Mundial en las agrestes tierras del Cacahuatique -nombre que antecede al de Ciudad Barrios- de San Miguel, en el nor-oriente de la República.

Fruto de un devoto matrimonio entre un telegrafista y una modesta mujer dedicada a su hogar, fue el segundo de ocho hermanos. Con 14 años su sentido social lo llevó a elegir el apostolado, que se convierte en su devoción; es incorporado durante cinco años al seminario menor de la ciudad de San Miguel y posteriormente al seminario mayor de San José de la Montaña, concluyendo luego su formación de teología en Roma, donde fue ordenado sacerdote el 24 de abril de 1942, apenas a los 24 años de edad en medio de la Segunda Guerra Mundial.

Este hecho aceleró el retorno a su querida patria, donde con mucho amor y esmero ejerció el sacerdocio durante 28 años, hasta recibir la gracia de su ordenamiento de Obispo el 21 de junio de 1970, investidura que entre otras responsabilidades lo lleva posteriormente a asumir la compleja labor del Arzobispado de San Salvador un 23 de febrero de 1977, durante uno de los periodos más duros de la efervescencia social y política del país que se debatía por sacudirse a la cruenta dictadura sanguinaria.

Esa circunstancia define su rol genuino de pastor de los sectores más desposeídos, ávidos de una voz que reflejara fortaleza, fe y confianza; su apostolado, parecido al de Cristo, se desempeñó por tres años más un mes y un día, hasta el desenlace de su martirio en la tarde de aquel 24 de marzo de 1980, en el Hospitalito de La Divina Providencia, el mismo que fue su hogar en estos tres años de calvario.

Por su crimen, el matador contratado -señalan las investigaciones- habría recibido un mil colones, que en tiempos de dolarización serían $114.28, quizás un valor menor de las treinta monedas que recibió Judas. Ninguno de los tradicionales periódicos de aquella época, diestros como dicen ser en investigación periodística y sesudos reportajes de fondo, ha publicado hasta hoy exploración alguna, su silencio investigativo podría considerarse que linda con la complicidad al menos moral de aquella atrocidad.

Ni los gobiernos después de la paz, ni los distintos jefes del ministerio público, asumieron compromiso por esclarecer semejante magnicidio. Y gobiernos como el de Estados Unidos que se precian de tener uno, o varios de los servicios desarrollados de información e inteligencia tampoco mostraron interés relevante por contribuir en la dimensión de sus capacidades para  dilucidar este crimen que se cometió en el marco de su apadrinamiento a aquellas dictaduras de turno; mejor dieron cobijo a quienes tanto la Comisión de la Verdad, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la OEA, y sendas investigaciones y reportajes periodísticos no tradicionales, han señalado como presuntos responsables del crimen y que en distintos periodos se han paseado campantes por aquellas tierras del norte, me refiero a Mario Molina Contreras, al capitán Álvaro Rafael Saravia, Armando Garay, Fernando Sagrera, Gabriel Montenegro, el general Nicolás Carranza, entre otros.

En el marco de esta conmemoración crecen las expectativas de justicia y es mayor el júbilo por su pronta y formal canonización desde Roma. La dimensión del Santo Romero estoy seguro que ya contribuye y es un cohesionador social, que en la medida que sea conocido en su justa dimensión, contribuirá aún más a la unidad del pueblo que sufre por la ola de violencia que aun abate nuestra sociedad. En cuanto a la unidad de las elites, ésta no es un problema de fe sino del orden político del que hemos escrito bastante en otras ocasiones.

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